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LAS COPLAS DE CIEGO
Y LA LITERATURA DE CORDEL

Sobre los Pliegos de Cordel

    Los romances de ciego adquieren el nombre de pliegos de cordel porque los ciegos y/o sus lazarillos los exponían para su venta generalmente colgados de un cordel o cogidos en un trozo de caña que a modo de pinza evitaba que se los llevara el viento. Los pliegos, eran impresiones sencillas que contenían dibujos xilografiados en la parte superior de la primera página, y podían ser un simple pliego doblado a la mitad o en cuatro partes, pero nunca encuadernados.

LOS PLIEGOS
Vuelve a interesar a la sociedad de nuestros días el fenómeno de la transmisión de noticias y conocimientos a través de pliegos impresos. No es para menos; es probable que, detrás de cada simple papelillo de color que contemplamos ahora con curiosidad, y en el que podemos leer romances y décimas junto a alguna que otra copla de época, se esconda un fragmento de la vida social y cultural española demasiado importante como para que sigamos despreciándolo o tratándolo con ligereza. Observar el complejo e interesante contexto que rodea a la producción de pliegos de cordel podría ayudarnos a interpretar una parte de la literatura escrita que ha tenido influencia capital sobre el repertorio de la tradición oral. Muchas de las personas que todavía recuerdan a los ciegos cantando por las calles, unen esa actividad a sus propios sentimientos. Quien tenga aún presente la imagen del coplero, ¿cómo puede sustraerse a suscribir frases como ésta, escrita por Antonio Trueba en el siglo XIX?: "...tal acogida encontraban estas coplas en mí, que cuando llegaba mi padre con ellas desde el mercado no me dormía hasta que las aprendía de memoria o poco menos. Cantarlas y recitarlas era para mí el placer de los placeres".

ANTES DEL MERCADO COMÚN
El fenómeno de la música en las calles (interpretada por copleros de diferente preparación y origen, pero fundamentalmente ciegos) recorre toda Europa desde la invención de la imprenta hasta bien entrado el siglo XX. Su influencia se deja sentir en la comunicación de noticias y en la divulgación de modas musicales, pero también, y primordialmente, en la evolución de los períodos históricos más críticos y agitados, actuando como una brisa que vuelca sobre la sociedad los aires frescos de la libertad y el progreso. Antes incluso de haberse constituido como tales las naciones que hoy conocemos, los copleros y su repertorio influyen sobre los reinos y regiones que luego darían origen a aquellos, ayudando a crear, gracias a su poder de convocatoria y a su mensaje claro y novedoso, un verdadero mercado común y una mentalidad avanzada y compartida.

EL FORMATO ESPAÑOL
Esas coplas o pliegos de cordel se ofrecían en España habitualmente en varios formatos, aunque el más frecuente hasta su desaparición en épocas muy recientes era el de cuarto, oscilando su tamaño entre los 13 y los 17 cms. de ancho por los 20 a 25 de alto.  También había pliegos en folio, en doble folio y en octavo. Los ya mencionados en cuarto se vendían de medio folio, de doble folio plegado que venía a hacer ocho páginas y, a partir de ahí, en dos, tres o cuatro pliegos, hasta donde daba de sí el tema narrado.
Como material de apoyo se solía ilustrar la primera página con un grabado sobre cobre o una xilografía que ocupaba la mitad superior de la plana y que, pese a lo tosco de su diseño en muchas ocasiones, solía contener alguna figura alusiva al caso relatado en cuyas imágenes hallaban las gentes sencillas que acostumbraban a escuchar y comprar el relato, una fuente gráfica donde saciarse con el agua de la ilusión o de la fábula.

 

Fotografía de una escena del Grupo Lazarillo de Tormes

LOS AUTORES Y LOS INTÉRPRETES
Normalmente era el propio intérprete el encargado de elegir la imprenta (por precio, por amistad, por costumbre) que le editaría sus versos; estos podían proceder de otra persona (hay una larga lista de "profesionales" que con la ayuda de las noticias aparecidas en los periódicos confeccionaban las historias versificadas) o ser compuestos por el propio ciego. Aunque en las primeras décadas del siglo XX decayó algo el negocio, las coplas se encargaban por miles. A este respecto solían recordar muchos impresores que había dos tipos de clientes, los que cumplían una promesa para lo cual se encargaban estampas que luego iban vendiendo o regalando y los que practicaban el oficio simplemente para ganar dinero; de estos últimos partió la costumbre de cortar en dos trozos el papel de la copla (aprovechando que solían haber una primera y una segunda parte, sobre todo en el caso de asesinatos y juicios contra los criminales), para vender la historia en dos veces y ganar el doble.

LA CREDIBILIDAD Y LA VERACIDAD
En el siglo XIX se producen protestas entre medios de comunicación "serios y juiciosos" por la poca fiabilidad de las noticias divulgadas por los ciegos en los papeles impresos. Hay también un exceso de proteccionismo en los gacetilleros y periodistas hacia el público, al que se intenta defender de patrañas y exageraciones poco acordes "con los tiempos que corren". Se quejan los concienzudos cronistas de que los ciegos cantan coplas contra el Papa (aunque no dicen que es porque se ha metido en terrenos políticos), contra el rey (cuando éste es Amadeo, un monarca extranjero), o contra la propia Constitución (cuando ésta no refleja el sentir y los deseos de libertad de una sociedad en proceso de mutación). Pero lejos del apasionamiento transitorio de esas opiniones, uno cree adivinar en la actitud valiente y decidida de los ciegos cantores un prototipo radicalmente contrario al que se nos ha descrito en algunos libros sobre la literatura de cordel y sus difusores. No hay duda de que tan audaz comportamiento era secundado en ocasiones por Hermandades u Organizaciones que amparaban colectivamente esos atrevimientos, pero aun así hay que reconocer una postura progresista y decidida en quienes podían adoptar posiciones cómodas o conformistas escudados en su desvalimiento.

LA MORALIDAD
A la censura moral existente en siglos precedentes, aunque escasa, vino a sumarse la de los ilustrados (celosos vigilantes de la cultura popular) y la de los poetas cultos, que consideraban ya al género como un potencial enemigo. Frente a esta visión global siempre aparecen los casos particulares o poco claros en los que ni moral ni buen gusto tienen explicación como causa primera de la prohibición. Uno no se explica, por ejemplo, por qué se incluye en un Apéndice del Índice Inquisitorial de 1817 el pliego titulado "Chistoso pasaje que ha acontecido este presente año en Jerez de la Frontera, sucedido entre un molinero y un corregidor". Se alega estar comprendido en la regla séptima del Índice expurgatorio, pero por esa misma razón también podría haberse retirado de la circulación el romance de Pedro Marín ya conocido en el siglo XVIII que dio origen a éste que comentamos. Más probable parece que sentaran mal estas coplas porque se burlaban veladamente de las relaciones entre el Corregidor de la capital de España y Antonia Molino, famosísima intérprete de baile español, como bien acierta a suponer Emilio Cotarelo y Mori en su Historia de la Zarzuela: "Por entonces (habla de los años 1809 a 1813) fueron muy sonados los amores de esta bailarina con el Corregidor de Madrid y los ciegos resucitaron y pregonaban por las calles las antiguas Coplas del Corregidor y la molinera". El mismo Pedro Antonio de Alarcón, sin pretenderlo, legitima que consideremos injustificada aquella prohibición cuando en el prólogo de El sombrero de tres picos pone en boca del pastor que le cantó el romance las siguientes palabras: “¿Qué se saca en claro de la historia del Corregidor y la molinera, que los casados duermen juntos y que a ningún marido le acomoda que otro duerma con su mujer? Me parece que la noticia..."

PLIEGOS BONITOS
Las imprentas de Marés en Madrid, del Abanico en Barcelona, de Santarén en Valladolid o de José María Moreno en Carmona llenaron los cuatro puntos cardinales de la geografía española de papeles mejor o peor impresos, de calidad más o menos contrastada pero permanentemente aceptados por un público deseoso de noticias y necesitado de sorpresas. Tal vez la clave de esa aceptación nos la dé Julián Iriarte Lorea, vendedor manco que recorrió España desde 1880 vendiendo papeles y anunciándose, bien cantando bien pregonando, por mercados y esquinas de innumerables ciudades españolas: sus canciones podían ser viejas o nuevas, pero eran “todas bonitas”. Creo que si pudiésemos saber qué entendía Iriarte por bonitas tendríamos las cualidades que harían un pliego vendible, es decir las características que ayudarían a difundir un tema y por tanto harían necesaria su impresión previa. Esta palabra se escuchaba muchas veces para calificar o definir ese tipo de papeles que se adquirían por poco precio, que aportaban un modelo de información avalado por la credibilidad de un “forastero conocido” y que servían de entretenimiento o de solaz (o sea de consolación) para tantas almas atribuladas por la dureza de lo cotidiano.

 

 

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